Introducción
El descubrimiento tanto de la materia oscura como de la energía oscura supone uno de los acontecimientos científicos más importantes de los últimos tiempos. Para hacernos una idea de su trascendencia hay que pensar que estas dos misteriosas sustancias constituyen el 95% del contenido del universo. El 5% restante es la materia ordinaria, de la que están hechas las estrellas, los planetas, el gas y el polvo cósmico… y nosotros mismos. Hasta hace no mucho, creíamos que esta materia ordinaria era todo lo que había en el universo; ahora sabemos que es solo una parte muy modesta.
Pero la materia y la energía oscuras no solo son importantes por ser tan abundantes; lo son también porque son diferentes. Las teorías actuales de la física de partículas describen de forma excelente el comportamiento y las propiedades de la materia ordinaria, pero son insuficientes para entender la existencia y características de la materia y la energía oscuras. Por tanto, cuando seamos capaces de describirlas con precisión esperamos comprender aspectos nuevos y profundos, tal vez revolucionarios, acerca del universo.
Hasta el momento la presencia de estos dos ingredientes mayoritarios del cosmos se ha puesto de manifiesto gracias a los efectos gravitatorios que producen en su entorno, localmente, y en el universo como un todo. Las evidencias, como veremos, son realmente abrumadoras, sobre todo en el caso de la materia oscura, pero aún carecemos de una detección directa que nos informe sobre sus características concretas. Así que puede decirse que estamos «a medio camino» de su descubrimiento, y por ello en un momento excitante, tanto desde el punto de vista teórico como desde el experimental y observacional.
Puede compararse esta situación